Pasión
- 23 jun 2011
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Hace algunos siglos, un hombre se atrevió a hacer algo inconcebible para aquellos, y aún para estos días. Se enfrentó a la gran maquinaria religiosa de la iglesia que, habiendo sido la vasija en la cual se derramó el amor y poder de Dios, con el paso de los años se había apartado y corrompido en busca de sus propios placeres. El joven Martín, con una sinceridad y humildad que asombran, se atrevió a levantar su voz, al sentir la mano poderosa del Señor en su corazón, guiándole a la verdadera comunión con Él. Y es que, a la vista y razón de los simples mortales, es mucho más fácil permanecer en la comodidad de la ignorancia y el error, que levantarse en busca del conocimiento que salva. Martín no era un simple mortal. En lo personal, al estudiar su historia y algunos de sus escritos, puedo llegar a la conclusión de que lo que movió a este joven monje agustino a levantar su voz, fue la pasión. Difícilmente puede entenderse de otra manera. Pasión por la verdad, pasión por encontrar, pasión por su gran amor: Jesús. Nunca fue su intención dividir a la iglesia; sólo buscaba que ésta regresara a sus principios básicos, a su principal motivación: el Dios de los cielos y la tierra. Pero aquel gran Rey tenía preparado un gran movimiento en la historia de la humanidad, y fue este joven de corazón sincero y humilde a quien Dios escogió para ello. Un corazón contrito y humillado, a quien Dios no pudo rechazar. Una pasión inquebrantable, vencedora ante la religión fría y mentirosa. Tal vez sea el momento de reencontrarnos con nuestra historia. Después de todo, esta fue escrita para no volver a equivocarnos. Sería muy bueno recordar las caídas de Israel, el quebranto del gran rey pastor de Belén, la debacle en el reinado más sabio de la historia, o la apostasía de la institución divina encargada de mostrar a Dios. Tal vez nos ayudaría mucho saber que siempre hubo un juez a quien Dios usó para librar a la nación, un Natán valiente que señaló el error, un Juan el Bautista que preparó el camino, un Martín Lutero a quien la maquinaria más poderosa del mundo no pudo vencer, debido a su gran pasión por el Señor.
¿En dónde está tu pasión? ¿Hacia donde se dirigen tus ojos? ¿Qué motiva tu voluntad? Recuerda: donde estén tus riquezas (aquello que has constituido como lo más preciado para ti, lo que te impulsa a vivir), ahí estará también tu corazón. Tal vez sea el momento de reconsiderar tu camino, y poner tu pasión en el motivo correcto. Después de todo, la misma historia nos dice que Dios nunca ha abandonado a su pueblo. Tal vez sólo falta ese ingrediente que hace detonar el poder de Dios y cambia la historia: la pasión del pueblo de Dios.







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