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Sanador de pecadores

  • 14 nov 2013
  • 2 Min. de lectura

“Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”

(JESÚS, en Mateo 9:12)


El negocio estaba marchando bien. Le había costado tiempo formarse un nombre entre los de su clase, relacionarse con la gente indicada, ascender hasta llegar a donde estaba ahora, pero lo había logrado. Lo que más le había dolido era acostumbrarse a las críticas y groserías que la gente le decía, pero “ha valido la pena”, pensaba. “Tengo todo lo que necesito, todo lo que cualquier persona pudiera desear. Todo.”


Por ello, no logra explicar cómo es que se ha levantado de su lugar con una sola palabra de este predicador ambulante. No le ha ofrecido más riquezas o posiciones encumbradas; al contrario: seguirlo implica perderlo todo. Pero es irresistible Su voz. Parece que, a final de cuentas, Mateo no tiene todo lo que necesita. Le hace falta “algo”… y parece que este hombre lo tiene.


Y entonces ocurre.


Un rechazado por la sociedad siendo aceptado por Dios.


Un codicioso comprendiendo lo que realmente tiene valor.


Un perdido en este mundo encontrando el camino a casa.


Un pecador arrepentido encontrándose con Dios.


Un enfermo de muerte recibiendo el toque del Sanador.


La gente los criticará a él y a Jesús por hacerse amigos. No comprenderán cómo un hombre de su clase puede llegar a cambiar. “Ya no tiene remedio, es un caso perdido”, dicen unos. “Árbol que nace torcido…”, dicen otros. Los más religiosos afirman que nadie como él merece una nueva vida; los más “expertos” opinan que es cuestión de tiempo: “está en su primer amor; a ver cuánto le dura”.


Pero es Jesús quien pone las cosas en su lugar. Mateo, y su nueva vida, son obra del divino Sanador de pecadores. Sólo aquellos que han comprendido el vacío en sus vidas (a pesar de tenerlo “todo”), pueden experimentar este deseo. Ninguna religión puede lograrlo. Ningún religioso puede aceptarlo. Por eso la gente no lo comprende. Ellos insisten en sentirse sanos de todo mal. Y alguien “sano” no puede experimentar la sanidad divina. No comprenden lo que Jesús dijo: “Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.” Sólo aquel que se sabe pecador puede ser sanado. Y lo mejor de todo es que Él continúa haciéndolo hoy mismo.


Y así, Mateo lo deja “todo” por alcanzar lo único que no tenía, pero que realmente necesitaba: la sanidad del alma a través de Jesús. Se atrevió a seguirlo a pesar de las implicaciones, de las habladurías, de las murmuraciones de su contra, de lo que perdería. Fue así que experimentó el toque del divino Sanador de pecadores. Y eso, al final de todo, es lo único que importa.


¿Quieres sentirlo tú también?


Acércate hoy mismo a Él.



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