El Reino del revés
- 28 nov 2013
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“Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.” (Marcos 1:14-15)
Hace algunos meses, platiqué con un pastor del norte del país al que admiro mucho por la gran labor que realiza en las comunidades en las que predica. En algún momento de nuestra conversación, le pregunté qué sería aquello que no hizo al principio de su ministerio, pero que si tuviera que volver a comenzar, haría sin dudar. Su respuesta fue directa y clara: “predicaría más el evangelio.” Me explicaba que, en el buen deseo de ayudar a la gente, en muchas ocasiones había dejado de lado llevarlos al arrepentimiento. Ahora pensaba que había perdido mucho tiempo con otros asuntos, muy importantes, pero no vitales, como suplir las necesidades materiales o emocionales de la gente. Por eso ahora estaba convencido: “¿de qué le sirve a la gente tener el estómago lleno si se va a ir al infierno? Si tuviera que volver a comenzar, me enfocaría en predicar el evangelio.”
La semana pasada estuve platicando con un buen amigo mío, pastor y maestro en su congregación, acerca del trabajo que deberíamos realizar con los jóvenes. Le pregunté qué les diría a ellos, si sólo tuviera una oportunidad para hablarles. Su respuesta también fue muy clara: “Si sólo pudiera decirles una cosa, les predicaría el evangelio.”
He hecho esta clase de preguntas a muchos líderes desde hace algunos años, y las respuestas son contundentes. Algunos lo piensan más, otros menos, pero todos entendemos que el evangelio de Jesús, ese mensaje de arrepentimiento del pecado y seguir a Cristo, es lo que la gente necesita. Sabemos que de nada les sirve ser expertos en otros temas, si no se han arrepentido como Dios lo pide, y muerto a sí mismos para seguir al Maestro.
Juan el bautista lo sabía. Fue enviado con una misión y mensaje específicos, y por eso lo vemos haciendo un poderoso llamado al arrepentimiento. El mismo Señor Jesús nos mostró que ese debe ser el enfoque de nuestra vida personal y como iglesia. Desde el inicio de su ministerio terrenal dejó muy claro cuál era su mensaje: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.” (Marcos 1:15) No se dejó vencer por la tentación de la fama, de los nombramientos o titulares. De hecho, cuando toda la gente lo buscaba para que los sanara, él simplemente dio media vuelta y continuó haciendo aquello que era su misión principal: “vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido.” (Marcos 1:38)
¿Insensibilidad? ¿Falta de amor o compromiso con la sociedad? Creo que más que nada, era una muestra de propósito específico, de valor y convicciones firmes, de enfoque claro y certeza de vida. Pero sobre todo, de obediencia a Dios. Predicar el evangelio debe ser nuestra prioridad. Es muy claro.
El problema es que el algún momento de la historia, lo hemos hecho todo al revés. En vez de predicarle el evangelio a la gente para que sean salvos, y entonces comenzar a cambiar su vida, les llenamos de temas y actividades para aprender a “ser mejores”. Les hablamos de cómo ser mejores padres, hijos, esposos; de cómo mejorar su economía familiar; de cómo Dios puede sanarles; de aprender a controlar sus emociones; de ser mejores ciudadanos o empleados… todo esto, con la esperanza de que en el camino se encuentren con Cristo. Y si ocurre, pensamos que vamos por el camino correcto. Pero, ¿cómo pueden “ser mejores” si no han nacido de nuevo? ¿Pueden acaso aprender las verdades espirituales sin una mente transformada? Como diría aquel pastor, “¿de qué le sirve a la gente tener el estómago lleno (o la mente llena) si se va a ir al infierno?”
Bienvenidos al reino del revés.
Nuestro Reino.
Entendámoslo: es imposible que la gente cambie de vida por sí misma. La única manera en que pueden cambiar es a través del mensaje del evangelio. La gente puede aprender a comportarse de una forma “cristiana”; pueden imitar nuestros actos (cantar alabanzas, repetir versículos, memorizar datos, asistir a la iglesia, ¡incluso dar dinero!); pueden pensar que son buenas personas porque ahora “pecan menos”. Pero nada de eso les servirá al atravesar la eternidad. Según Dios, sólo el arrepentimiento genuino y la entrega a Jesucristo servirán. Lo que la gente realmente necesita es el evangelio de Jesús. Y predicarlo debe ser nuestra prioridad.
Entonces, ¿no podemos hablar de otros temas? Si. Jesús lo hacía. Basta ver sus enseñanzas para darnos cuenta que abordó muchos temas específicos. La diferencia es que todo lo hizo en el contexto del Reino de Dios: “serás como un grano de mostaza; serás un hombre sabio; sufrirás, pero no tengas miedo porque yo he vencido al mundo; amarás a Dios con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo; te negarás a ti mismo; vencerás la tentación; serás el padre que tus hijos necesitan, el esposo que tu esposa necesita; sabrás administrar bien los recursos que te entrego; tendrás un buen testimonio en tu trabajo o escuela; me serás testigo donde sea que vayas… si primero te arrepientes de tus pecados, y me sigues.” Todo lo que digamos o hagamos debe tener el firme propósito de llevar a la gente a Cristo, no de sólo cambiar su comportamiento. Primero hay que creer en el evangelio para cambiar; si no es así, es tiempo perdido.
Recuerda: no puede haber crecimiento, si primero no hay un nacimiento. Dejemos de perder el tiempo, haciéndolo todo al revés. Cumplamos nuestra misión. Volvamos al mensaje real del evangelio. Extendamos el verdadero Reino de Dios.







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