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Urgencia por un alma más

  • 5 ene 2014
  • 3 Min. de lectura


- “¡Podría haber salvado a uno más!”, repite Schindler mientras se despide de los judíos a quienes había salvado. Todo lo que tenía (joyas, dinero, propiedades, empresas, etc.) lo había gastado “comprando” judíos para su fábrica… pero todo era una pantalla para poder salvarlos de la muerte. Al cabo de varios meses, la guerra termina, y él se despide de sus trabajadores, sabiendo que nadie más conoce la situación: para los desconocidos (los que no saben que salvó a muchos), él sigue siendo un alemán miembro del partido nazi, y por lo tanto, un criminal de guerra. Con la derrota de Alemania, está condenado a muerte, por lo que debe huir esa misma noche.


Pero ahí, justo antes de partir, y al ver las muestras del cariño de todas esas personas, el duro hombre de negocios se quiebra. Se le doblan las piernas, llora y no cesa de repetir que podría haber salvado a una persona más… que podría haber vendido el coche en el que huirá, para poder comprar a diez personas… o un prendedor de oro, por otras dos personas… se da cuenta de la terrible verdad: aunque salvó a mucha gente, tuvo la oportunidad de salvar a muchos más con su inmensa fortuna, pero la desperdició en lujos y trivialidades antes de iniciar su plan. Oskar Schindler siente la amargura de aquel que se da cuenta, en el último momento, que haber hecho un sacrificio mayor habría valido la pena, si con ello salvaba a una persona más.


Y termina la película de Spielberg (“La lista de Schindler”), nos secamos un poco las lágrimas, y seguimos con nuestra vida.


Ahora, déjame contarte algo más.


Escuché a un pastor decir que el cristiano puede evaluar qué tan comprometido está con el Señor sólo con ver dos cosas: su agenda, y su billetera. “Todos decimos que estamos muy comprometidos con la evangelización, con la obra de Dios”, comentaba… “pero si apenas dedicas tiempo para ello, o estás tan ocupado en todo, menos en la obra del Señor, entonces no es cierto. Además, si gastas lo que Él te da en todo, excepto lo que Él dice (y a veces ni siquiera quieres dar tu diezmo), no es cierto que estás comprometido.”

No me gusta esto… pero es cierto. Decir que estoy comprometido con el Señor dejando a un lado mi agenda y mi billetera, sería tan absurdo como decirle a mi esposa que la amo, pero que no me hable ni me busque porque no me interesa verla.


A propósito, los dos relatos anteriores me hacen pensar en Pablo, ese incansable apóstol que amaba tanto a Dios y las personas, que dedicó su vida al evangelismo. Ni cárceles, ni azotes, ni lapidaciones o naufragios, ni el desprecio de su propia gente, ni el hambre o sed, calor o frío, ni el peligro constante de muerte pudieron detenerlo (2ª Corintios 11:23-28).


Todo, por la urgencia de salvar a un alma más.


“… a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él.” (1ª Corintios 9:22-23)


¿Cómo lo logró?


Su compromiso incluía su billetera. Su decisión de servir a Dios llenaba toda su agenda.

Tenía la urgencia de salvar un alma más, un apasionado deseo de que cada persona se salvara, y para ello dedicaba todo su tiempo y recursos.


Schindler podría haber aprendido mucho de él.


Tú y yo podemos aprender mucho de él.


¿Cuánto te da el Señor, y cuánto de ello destinas al evangelismo? ¿Usas adecuadamente tu tiempo, de tal manera que todo lo que haces está enfocado en extender el reino de Dios?


Reevalúa honestamente tu compromiso. Que no llegues al final de tus días con la amargura de aquel que se da cuenta, en el último momento, que haber hecho un sacrificio mayor habría valido la pena, si con ello salvaba a una persona más.


“Señor, que todo lo que somos lo dediquemos a ti. Llénanos de esa apasionada urgencia por ver un alma más rendida a tus pies.”


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