La importancia de tener un propósito
- 31 dic 2014
- 3 Min. de lectura

A nadie le gusta perder el tiempo. Nos molestamos cuando alguien llega tarde a una cita con nosotros (o peor si nos dejan “plantados”); cuando la función de cine comienza 2 minutos tarde; cuando nos atrapa el “tráfico”; o cuando nuestro salario se retrasa. Nos sentimos defraudados, robados, humillados, molestos. Y es que, aún en el mejor de los casos, sentimos que nos han hecho perder nuestro valioso tiempo.
Es curioso, entonces, que no notemos cuando somos nosotros mismos quienes tiramos a la basura minutos, horas, días, meses… o años de nuestra vida en asuntos sumamente triviales: viendo programación televisiva chatarra; revisando nuestro Facebook una y otra vez para ver cuántos “likes” tiene nuestra última publicación (o comentar las de gente que ni conocemos); o tratando de eliminar a cuantos cerditos verdes podamos; o quizá simplemente pasando nuestras tardes aburriéndonos de lo aburrida que es nuestra vida.
Perdemos el tiempo… todo el tiempo. Y a la larga, pagamos las consecuencias.
Sin embargo, la situación tiene más graves resultados cuando trasladamos esta misma actitud al ministerio que el Señor nos ha encomendado.
Cuando deambulamos semanalmente en el conformismo en nuestro ministerio juvenil.
Cuando no nos preocupamos por hacer lo mejor en beneficio de nuestros jóvenes.
Cuando lo único que buscamos es cumplir con la actividad, sin importarnos nada más.
Cuando observamos que nuestros jóvenes prefieren cualquier otra cosa antes que asistir a nuestras reuniones. O peor aún: cuando nos damos cuenta que ellos prefieren hacer todo excepto obedecer a Dios… y no hacemos nada.
Perdemos el tiempo. Y les hacemos perder el tiempo a ellos. Y claro, a la larga, ellos se sienten defraudados, robados, humillados, molestos. Y piensan que no tiene sentido estar con nosotros.
Quizá ese es el problema. Quizá es que en nuestro grupo no hay una razón de continuar. No hay un objetivo que cumplir, no hay una meta a la cual llegar. Quizá nuestro grupo juvenil no tiene un propósito por el cual existir. Y eso equivale a perder el tiempo.
He ahí la importancia de contar con un propósito. Lo necesitamos en nuestro ministerio juvenil. Debemos saber qué es lo que el Señor desea que hagamos, para cumplirlo y saber que vamos en el camino correcto. Sólo cuando sabemos hacia dónde vamos, podemos dar los pasos necesarios para llegar allí, y en el camino corregir lo que haga falta, para llegar al destino deseado. Además, cuando eso ocurre, nos animamos cuando observamos objetivo tras objetivo cumplido, cuando vemos los resultados en las vidas de nuestros jóvenes, y nos damos cuenta que caminan por la senda correcta, o cuando somos fortalecidos y podemos salir de nuestra “pérdida de tiempo” habitual. Todos somos perjudicados cuando no hay estrategia, ni visión, ni propósito. Pero también todos nos beneficiamos cuando trabajamos con un propósito definido. Por cierto, la Biblia nos muestra algo acerca de esto:
“Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros, a fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo. De este modo, todos llegaremos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo.”
(Efesios 4:11-13)
Ese debe ser nuestro propósito: ser como Cristo. Nada vale tanto como esto. Avancemos hacia ese objetivo, y dejemos atrás las tardes aburridas, los eventos apáticos, los programas estresantes. Esforcémonos por salir de nuestra rutina, y trabajemos con pasión hasta ver a Cristo reinando en cada joven y adolescente. Créeme: no hay nada de aburrido en ello. Dejemos de perder el tiempo (y de perder el tiempo de nuestros jóvenes). La juventud que Dios ha dejado en nuestras manos lo espera.







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