Día de entrenamiento
- 24 ago 2016
- 4 Min. de lectura

Nació en Australia, el 4 de diciembre de 1982. Sus padres esperaban ansiosos su llegada. Sin embargo, en el que debería haber sido un día de felicidad abundante, recibieron la noticia de que su bebé había nacido con “agenesia” (una anomalía de todo o parte de un órgano, al desarrollarse durante el crecimiento embrionario), que en su caso consistía en una “tri-amelia” caracterizada por la carencia de tres de sus extremidades (le faltan ambos brazos a nivel de los hombros y la extremidad inferior derecha), y en la pierna izquierda sólo tiene un pequeño pie con dos dedos protuberante de su muslo. Así, el pequeño Nick Vujicic comenzó su vida con abundantes dificultades: desde las claras limitaciones físicas hasta las burlas constantes de sus compañeros de escuela. Nick habla de este periodo difícil así: “Había ocasiones cuando yo me sentía muy deprimido y enfadado porque no podía cambiar la forma como era. No entendía que, si Dios me amaba, ¿por qué me hizo de esta manera, si soy su imagen y semejanza? ¿Por qué soy así y no como Él? ¿Es que yo hice algo malo? Me sentía como si fuera una carga para aquellos que me rodeaban.” Y fue entonces cuando comenzó a plantearse la idea del suicidio. Pero su familia lo apoyó a cada instante, y Nick logró comprender “que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios” (Romanos 8:28). Así, entregó su vida a Jesucristo, justo después de leer Juan 9, en donde se relata: “A su paso, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: —Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres? —Ni él pecó, ni sus padres —respondió Jesús—, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida.” Nick concluye: “Creí de verdad que Dios me sanaría para que yo pudiera ser un gran testimonio de su Poder.Me dio la sabiduría para entender que si nosotros orábamos por algo, si es la voluntad de Dios, pasaría en su hora. Si no es voluntad de Dios no pasará, pero yo se que Él nos tiene siempre un bien mayor.”
Actualmente se dedica a dar conferencias alrededor del mundo, en donde habla acerca del gran poder y mensaje de Dios. Su vida es un testimonio impactante acerca de la transformación que Jesucristo provoca en los seres humanos rendidos a Él. Quizá Nick no tiene todas las respuestas a la situación que le tocó vivir, pero ha comprendido (y aprendido) lo suficiente como para servir a Dios a través de ella.
Tú y yo podríamos beneficiarnos mucho de su ejemplo. Y es que a veces uno se pregunta por qué el Señor no acaba de una vez por todas con la maldad, o con las consecuencias de ella (especialmente cuando nos toca sufrirlas) Llegamos a creer que no somos “tan malos” o “tan injustos” como otros que “realmente merecen” las situaciones difíciles de la vida. Y sin embargo, atravesamos constantemente por situaciones complicadas, por momentos dolorosos que con gusto dejaríamos a alguien más. La verdad es que la vida, en medio de todo esto, puede llegar a volverse amarga, agria, o en el mejor de los casos, simple. Sin embargo, es Dios mismo quien nos da algo de luz sobre esto. La Biblia nos dice que los israelitas estaban por entrar a tomar posesión de la tierra que el Señor les había regalado, pero contrario a lo que ellos esperaban, Dios no echó a todos sus enemigos de una sola vez. Lo que debía haber sido una temporada de felicidad abundante, se convirtió en momentos de angustia y temor. La razón, según la Biblia, fue esta: “Las siguientes naciones son las que el Señor dejó a salvo para poner a prueba a todos los israelitas que no habían participado en ninguna de las guerras de Canaán. Lo hizo solamente para que los descendientes de los israelitas, que no habían tenido experiencia en el campo de batalla, aprendieran a combatir.” (Jueces 3:1-2) Entonces, ¿no será que nosotros (al igual que Nick y los israelitas) estamos en medio de esas situaciones porque debemos aprender algo? ¿Puede ser posible que todo lo que atravesamos ahora forma parte de un tiempo de aprendizaje, para adquirir habilidades que nos ayuden para lo que está por venir? ¿Será posible que no lo comprendamos porque actualmente estamos viviendo un cristianismo de experiencias prestadas, de triunfos ajenos? Y es que es muy fácil decir que confiamos en Dios al observar las batallas de otros, pero ¡qué complicado es decirlo cuando somos nosotros quienes batallamos! Pero todo tiene un objetivo. Dios permite que atravesemos por situaciones difíciles porque desea que aprendamos a luchar. Nos está entrenando para futuras batallas. Nos ha otorgado las tierras que están delante de nosotros (ya lo ha prometido), pero demanda de nosotros esfuerzo. Quiere que nosotros las tomemos, que se las arrebatemos a nuestros enemigos, que los confrontemos, que los venzamos. Pero jamás lo haremos si tenemos miedo a pelear. Y tenemos miedo porque no sabemos luchar. Por ello, Dios se tomará el tiempo para entrenarnos, y si es necesario, nos dejará en lugares que ejerciten los músculos de nuestra fe, donde nuestro compromiso sea probado y nuestro valor perfeccionado. Así que piensa un momento en cada circunstancia difícil o dolorosa que estés atravesando; trae a tu mente, por un instante, aquello que te ha arrebatado el ánimo, o en el menor de los casos, te ha detenido en tu andar espiritual… y recuerda esto: ¡Estás en entrenamiento! Te esperan batallas propias, no contadas, sino experimentadas personalmente. Seguramente habrá también algunas derrotas, pero sólo servirán para acrecentar el valor del triunfo que Él te ha prometido. Así que no te detengas, porque un día te encontrarás en el umbral de tu promesa, con tus habilidades y valor totalmente ejercitados, para tomar todo aquello que muchos veían imposible.
Esfuérzate, lucha, aprende a combatir, pues los retos posteriores demandarán todo lo que puedas adquirir ahora.
Porque hay una guerra que ganar, y este es nuestro día de entrenamiento







Comentarios